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CLARA MARÍA GONZÁLEZ DE AMEZÚA: CUANDO ABRÍ ALAMBIQUE LA GENTE SE REÍA DE MÍ

Categorías : Mundo gastronomía Rss feed , Prensa Rss feed

Cruzar el umbral de Alambique, cuando abrió en 1978, era como entrar en lo que imaginábamos que sería una maravillosa tienda de utensilios y escuela de cocina en Nueva York. A sus comidas en petit comité acudían políticos, empresarios y artistas, se rubricaban acuerdos y se estrechaban relaciones en el ambiente único que su fundadora sabía crear. Clara María González de Amezúa nos recibe en su hogar de Madrid y nos cuenta cómo nació un proyecto que fue síntoma de modernidad en plena Transición. 

Su peineta recoge su pelo lacio en un moño prolijo, pero también sujeta sus ideas, su memoria y su carácter decidido. Uno que, dice, le ha hecho tener mucho amor propio, emprender y hacer las cosas bien.

Su afable sonrisa es el preámbulo o el remate de comentarios que sentencian una manera de vivir, un espíritu luchador y un infinito amor por la gastronomía que se tradujo, en 1978, en una tienda de menaje de cocina con vocación de escuela –y viceversa–.

Todos miraban ese proyecto con recelo, como una aventura más visceral que empresarial. “Mi marido no confiaba en él porque sentía que yo no iba a saber llevar un negocio. Pero no se daba cuenta de que administrar una casa con ocho hijos era como tener un negocio con empleados”, recuerda Clara.

Así que, para evitar pedir prestado a los incrédulos, tomó parte de la herencia que su padre le había dejado y la transformó en Alambique. En ese momento estaba dispuesta a todo –incluso ahora, cuando se ha planteado poner dos tiendas de campaña en su jardín para acoger a un par de familias de refugiados–, por eso fregó platos, repartió mercancía y volvía a casa con 30 pesetas de propina que enseñaba orgullosísima a sus hijos. Desde entonces y hasta 2016, grandes nombres de nuestra cocina y algún importado han pasado por sus fogones: Luis Irizar, Abraham García, Pedro Larumbe, Paco Roncero, Ángel León, Pepe Rodríguez Rey o Samantha Vallejo-Nájera.  

Parece mentira que sea la misma mujer que nos atiende en su hogar de Madrid, una apacible tarde de verano, mientras comemos una lasaña que ha preparado con las verduras de su huerta. “¡Mira mis guisantes, han crecido como bolas de golf!”, exclama mientras se sirve una porción.

Conforme transcurre la comida descubrimos que el agua que bebemos es de un pozo que está en la propia finca, que le encanta cultivar su jardín de hierbas aromáticas, que su familia es un matriarcado a todas luces y que Nicole Kidman y Tom Cruise vivieron en su casa mientras rodaban Los Otros.   

“Tom es un tipo encantador. Ella se trajo dos congeladores llenos de verduras”, acota. Claro, en una vida como la suya no es de extrañar que aparezcan famosos. “Como aquella vez que hicimos un versus en Alambique (hoy en manos de sus hijas) entre José Luis Berlanga y Miguel Bosé. Uno estaba a su bola haciendo arroces y el otro entusiasmado con un risotto”, escena que terminó con la tienda atestada de fanáticas enloquecidas que habían encontrado a Bosé con el delantal puesto.

Nosotros también somos entusiastas de Clara María (con perdón de Bosé y Berlanga), tifosi de una mujer, Premio Nacional de Gastronomía Toda Una Vida 2015, que celebró que su negocio funcionaba (y funciona); que ama la tradición por encima de los robots de cocina y que se pone una gota de vino detrás de cada oreja cuando se rompe una copa “porque eso es alegría”.

Artículo escrito por Antonella Ruggiero

Publicado en Guía Repsol.com

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